QUIEN haya seguido de cerca los temas abordados en los anteriores
números de Gaceta Sindical: Reflexión y Debate, habrá observado nuestra
preocupación por acercarnos a la realidad actual, que viene marcada por
la crisis. Si evaluamos las políticas seguidas para enfrentarla habrá
que convenir, asumiendo el riesgo de la simplificación, que se han dado
tres elementos convergentes: el primero, el impulso de unas políticas
económicas de corte neoliberal que han puesto el acento en la reducción
del déficit público antes que en la recuperación de la actividad
económica.
El segundo, y como consecuencia de lo anterior, que se ha procedido a
una fuerte reducción de los recursos humanos y materiales destinados a
los servicios públicos que debe proveer el Estado, debilitándolos como
factores de cohesión e integración social que son y favoreciendo su
privatización. Y el tercero, un inusitado ataque al movimiento
sindical, desde círculos políticos, económicos y mediáticos
—reaccionarios y no tanto—, que aun no siendo nuevo, sí ha revestido
tintes de agresividad nunca vistos.
La importancia de los
temas en cuestión, en esta encrucijada histórica, es evidente. Estamos
viviendo una crisis originada por una especulación «permitida» en los
mercados financieros e inmobiliarios, pero también en los de materias
primas — no solo del petróleo sino de productos básicos de alimentación—
que están condenando al desempleo y a la pobreza a una parte
importante de la población mundial. Y las primeras respuestas políticas
mundiales de cooperación ante estos desmanes de las empresas
transnacionales y de los mercados que parecían señalar —en los acuerdos
del G20 o en la propuesta de la OIT por un Pacto Mundial por el
Empleo— un nuevo escenario político de gobierno de la globalización, se
han transformado en la hegemonía de los intereses de los que
provocaron la crisis.
La llamada «hegemonía» de los
mercados frente a las acciones de las políticas públicas está poniendo
en tela de juicio, no solo la legitimidad de los gobiernos
democráticamente elegidos frente a las decisiones de mercados y
empresas privadas, sino la viabilidad de los derechos económicos,
laborales y sociales en los que se basa la convivencia de nuestras
sociedades. Y en este escenario de recortes generalizados de derechos,
el sindicalismo de clase tiene un obligado papel de reivindicación y
defensa de los derechos laborales y sociales, al tiempo que se
convierte en un obstáculo a las nuevas políticas neoliberales. Por ello,
es necesario reivindicar el valor de los derechos de convivencia y
ciudadanía. Es necesario, también, reivindicar el papel de los
sindicatos, que buscan ser defensores de intereses generales, ante tanta
agresión como estamos recibiendo.
Pero ¿cómo hacerlo?
¿Nos limitamos a una soflama, más o menos argumentativa, contra quienes
han urdido y materializado la campaña de acoso y derribo de la que
estamos siendo objeto? ¿Nos ponemos a desvelar sus secretas intenciones
en una suerte de acto defensivo como si, de verdad, tuviésemos que
expiar nuestras «culpas»? ¿Nos contentamos con afirmar aquello, por
otra parte cierto, de que nos atacan porque somos «el último muro de
contención de las políticas neoliberales»?
Podríamos
hacer eso y no estaríamos haciendo algo ilegítimo. Estamos en nuestro
perfecto derecho de reivindicarnos a nosotros mismos, máxime cuando nos
enfrentamos a tanta mentira y calumnia y nos sentimos orgullosos de
nuestra trayectoria y convencidos de nuestra acción.
Pero
adoptar una actitud defensiva y de autoafirmación sería demasiado
simple, y supondría desperdiciar la ocasión para reflexionar
críticamente sobre el movimiento sindical ante los desafíos presentes y
futuros.
DEBEMOS REIVINDICARNOS PERO TAMBIÉN REPENSARNOS
Y eso, con toda modestia, es lo que pretendemos hacer en este número.
¿Qué supone repensarnos?
Desde
nuestro punto de vista repensar el sindicato quiere decir mirar hacia
todos los puntos posibles que contextualizan y condicionan nuestra
actividad, quiere decir valorar si nuestro discurso, nuestra práctica,
nuestras estructuras organizativas son las adecuadas,…
Es
necesario, por tanto, prospectar los cambios que se están produciendo
en la estructura productiva de este país y las consecuencias que éstos
tienen en la composición y caracterización de la clase; determinar si
la regulación normativa de la libertad sindical es la adecuada para
canalizar a través de las organizaciones sindicales las demandas
colectivas; evaluar si nuestra organización, prácticas y acción son las
que corresponden para intervenir eficazmente en un contexto nuevo y
cambiante; detectar, en definitiva, nuestras insuficiencias para,
finalmente, establecer líneas de mejora con la vocación de que CCOO sea,
todavía más, el principal referente de la clase trabajadora para
defender sus intereses, desde los más particulares a los más generales.
En
este sentido vamos a dejar planteados algunos interrogantes a los que
nos aproximamos en este número, pero a los que habrá que responder
desde el debate colectivo en el seno del sindicato, no sin antes dejar
establecido que toda aproximación crítica no puede, por acción u
omisión, minusvalorar lo que somos.
Debemos partir, por
tanto, de que la Confederación Sindical de CCOO es una realidad
incuestionable porque está asentada en las tres fuentes de legitimación
esenciales: buen nivel de afiliación, mejores resultados electorales y
gran poder contractual medido por la amplísima presencia en la
negociación colectiva y en la interlocución con los poderes públicos.
Primer
interrogante. El sindicato, por definición, organiza a los
trabajadores y trabajadoras donde se sustancia el conflicto
capital-trabajo, esto es, en la empresa. ¿Cómo intervenimos y
organizamos a los colectivos de trabajadores y trabajadoras que, por
diversas situaciones no tienen, han roto o diluido su vínculo con el
centro de trabajo? El caso más llamativo lo encontramos entre las
personas que se encuentran en situación de desempleo. Por una parte
están aquellos, particularmente los jóvenes, que no han podido acceder a
un puesto de trabajo tras finalizar sus estudios; por otra, aquellos
que habiendo trabajado han perdido su empleo, da igual que sea después
de poco o mucho tiempo pues no pocas personas que estaban afiliadas
mientras trabajaban han dejado de cotizar al quedar en paro. Sucede lo
mismo con aquellos asalariados que han pasado a la situación de
autónomos, sean dependientes o no, o con los pensionistas. Una realidad
relativamente similar observamos en aquellos colectivos que aun
manteniendo el vínculo con la empresa, éste es «débil» dadas las
peculiaridades de su desempeño profesional, como sucede con el
teletrabajo.
Segundo interrogante. Nuestro
tejido productivo se caracteriza por la atomización empresarial, esto
es, la prevalencia, en porcentajes superiores al 90%, de pequeña y
mediana empresa donde todavía se mantienen unas relaciones
laborales de carácter paterno-filial, donde la regulación de las
condiciones de trabajo contiene una alta dosis de individualización y,
por tanto, donde la elección de representantes sindicales e incluso la
presencia del sindicato es sumamente difícil. Es obvio que debemos
aspirar a estar presentes en el propio centro de trabajo
independientemente de su tamaño, pero no es menos cierto que venimos
reflexionando sobre ello desde hace mucho tiempo y no hemos encontrado
todavía la fórmula adecuada. Las claves creemos que se encuentran en la
negociación colectiva y más particularmente en la función del convenio
colectivo, sobre todo a partir del acercamiento del sindicato a la PYME
y microempresa. Un instrumento podría ser la Comisión Paritaria del
Convenio.
Tercer interrogante. Los cambios que se
han producido en la estructura productiva indican, cuando menos, una
doble realidad: de un lado, el crecimiento del sector terciario y de
otro, el avance acelerado de la sociedad del conocimiento.
Sociedad de servicios y sociedad del conocimiento dibujan situaciones y
perfiles profesionales en los que el sindicalismo confederal tiene
objetivamente mayores dificultades para estar presente. ¿Cómo
intervenimos y organizamos a las personas, mayoritariamente
inmigrantes, que se dedican a la atención a las personas, ante la
ausencia de prestación de servicios de la ley de dependencia? ¿Cómo
afiliamos en alguno de los sectores de los servicios que se
caracterizan por altos niveles de precariedad laboral y una alta tasa
de rotación? ¿Cómo actuamos ante colectivos que por sus características
profesionales son más proclives a la práctica corporativa? Sobre este
último fenómeno ya tenemos experiencia en las administraciones
públicas. Aquellos colectivos que se definen por ser altamente
cualificados, de reducido número, que gozan de «prestigio social», que
ocupan un lugar muy relevante en la sociedad y en la propia estructura
de la administración y que por ello mismo y por sí solos pueden forzar
una regulación específica de sus condiciones de trabajo (pensemos en
médicos, abogados, economistas, inspectores, en diferente medida en el
personal docente,…), son objetivamente más proclives al asociacionismo o
sindicalismo corporativo que defiende intereses particulares sin tener
en cuenta, necesariamente, los generales y, en consecuencia, son más
refractarios al sindicalismo confederal que se define por su visión
general y la solidaridad entre los trabajadores y trabajadoras.
Cuarto interrogante. La externalización de las actividades productivas,
lo que Ignacio Muro caracteriza como «socialización de los riesgos»,
junto a las políticas contractuales de las empresas, que siguen optando
por deprimir el factor trabajo como mejor opción para incrementar la
productividad y los beneficios, favorecen la dilución de ciertos
perfiles profesionales y el cambio de empresa y sector con una
frecuencia nunca vista. En EEUU un trabajador puede cambiar, por
término medio, hasta 11 veces de empresa a lo largo de su vida laboral y
España va por el mismo camino. En estas condiciones ¿la estructura
federativo-sectorial que mantenemos, propia de una época en que las
actividades productivas estaban más claramente definidas, por tanto
también los perfiles profesionales, y en la que un trabajador podía
empezar en una empresa como aprendiz y permanecer en ella hasta
jubilarse, es la adecuada ahora? ¿Se ajusta a la nueva realidad? Y lo
que es más importante, ¿es la más eficaz para organizar más y mejor a
los trabajadores y trabajadoras para defender sus intereses? ¿No
deberíamos pensar en otra estructura de organización sectorial? En todo
caso, ¿no sería necesario establecer puentes entre federaciones y
marcos de colaboración estables entre ellas?
Quinto
interrogante. ¿La normativa sobre libertad sindical que prima la
representación unitaria de los trabajadores frente a la presencia de
las organizaciones sindicales, favorece o perjudica al movimiento
sindical organizado? Habrá que convenir que el contenido de la
LOLS responde a un momento histórico concreto, y que la experiencia
acumulada demuestra que las amplias competencias de los comités y las
escasas de las secciones sindicales operan en detrimento del hecho
sindical. Un número significativo de trabajadores y trabajadoras no ven
la necesidad de afiliarse, entre otras cosas porque saben que el
Comité les va a representar por el mero hecho de participar en las
elecciones, dándose la circunstancia probada de que las candidaturas
del sindicato en las empresas cuentan con un alto número de personas no
afiliadas y que muchos trabajadores nos votan (lo que expresa un
determinado nivel de confianza) pero no se afilian (lo que supone dar
un paso de mayor compromiso). Más allá de esto, ¿el modelo
representativo actual se ajusta a las necesidades que plantea una
economía globalizada? ¿No sería necesario que el sindicato asumiese en
sentido amplio el gobierno de los elementos centrales de la relación
capital-trabajo?
Sexto interrogante. El sindicato ha asumido una función representativa y de gestión que trasciende del ámbito del trabajo. A diferencia del modelo clásico europeo, sobre todo del modelo sajón y
centro y norte europeo, CCOO interviene de forma activa en los
procesos externos al ámbito de la empresa, allí o en aquellas materias
en las que se establece la distribución de la riqueza. Consecuencia de
esa opción hemos apostado por la independencia del sindicato y
construimos de forma autónoma nuestra propuesta. El cauce, el diálogo
social y en ocasiones el conflicto. La crisis ha puesto de manifiesto
los límites de una opción como ésta. La sociedad «ve» al sindicato como
parte integrante del sistema. ¿Sería necesario reformular objetivos?
¿Reforzar la autonomía del sindicato? ¿Esta apuesta no puede estar
siendo interpretada como una supeditación al poder político?
Séptimo
interrogante. La función última del sindicato es organizar a los
trabajadores y trabajadoras para defender colectivamente sus intereses. Esto se hace esencialmente a través de la acción sindical, el
asesoramiento laboral y la negociación colectiva. En las últimas
décadas, la conquista de mayor poder institucional y la profundización
de la vertiente sociopolítica del sindicato han favorecido que hayamos
ampliado las líneas de intervención. Uno de los ejemplos más
paradigmáticos es la participación en la gestión e impartición de la
formación para el empleo. ¿Esto ha ido en detrimento de la principal
función del sindicato? ¿Estas actividades han redundado en más y mejor
organización de los trabajadores y trabajadoras? ¿Están en consonancia
los esfuerzos que dedicamos a estos ámbitos y el resultado que de ellos
obtenemos, medidos en afiliación? ¿Están contribuyendo estas
actividades a mejorar o a perjudicar el crédito del sindicato? ¿Debemos
reequilibrar nuestras actividades, sabiendo que la actividad
fundamental del sindicato es la acción sindical?
Estos y otros interrogantes caben en una reflexión crítica sobre nuestro sindicato.
Pero no queremos finalizar estas líneas sin hacer una consideración que a nosotros nos parece capital.
Analizar
los cambios operados en el mercado de trabajo, cuáles son las
transformaciones estructurales que se han producido y cómo estas
modifican el cuadro de relaciones de trabajo, reflexionar sobre la
acción sindical que se practica y de ahí poder establecer cuáles son las
mejores estrategias sindicales y las más adecuadas fórmulas
organizativas, es algo fundamental para aquellos que seguimos
considerando que el sindicalismo, o es confederal y transformador o es
un mero gestor.
Pero un enfoque como el apuntado nos
podría llevar a considerar que los problemas del sindicalismo
confederal son externos (los cambios producidos y las dificultades para
adaptarnos, la crisis laboral y la ausencia de vínculos sindicales en
ella, la ofensiva de los poderes económicos y mediáticos). Nosotros
somos de la opinión de que junto a todo lo señalado, y mucho más que se
pondrá de manifiesto en estas páginas, hay otros problemas que son
propios: la progresiva institucionalización que en ocasiones ha ido en
detrimento del protagonismo de nuestros afiliados y afiliadas; un
insuficiente ejercicio de la autonomía e independencia del sindicato
que puede suponer que, en ocasiones y por parte de ciertos colectivos,
se nos haya visto excesivamente próximos al poder y por tanto hayan
recelado de nosotros; la dinámica interna en la que nos hemos
instalado, con mucha presencia en las sedes sindicales y menos en los
centros de trabajo, practicando no pocas veces un sindicalismo de
demanda (atendemos a quienes recurren a nosotros) pero no de oferta
(vamos menos de lo necesario a explicar nuestras propuestas y a
escuchar a la gente); la debilitación, cuando no la pérdida, del
espíritu y actividad militante; el escaso rigor en los criterios para
reclutar nuevos sindicalistas; la escasa formación que les ofrecemos a
las nuevas generaciones; la ausencia de controles en la actividad de
nuestros permanentes sindicales, …
En esencia, lo que
planteamos es que debemos mirar hacia afuera, pero debemos también
mirar más profundo, más hacia nuestro interior para ver cómo estamos
haciendo las cosas y cómo debemos hacerlas. En la lógica de repensarnos
debemos caminar hacia una nueva ética militante.
Lo
hasta aquí planteado no es una aproximación retórica a los problemas
presentes y futuros del sindicalismo de CCOO, todo lo contrario, es una
reflexión abierta, como corresponde al espíritu de Gaceta Sindical:
Reflexión y Debate, para animar el debate que, tarde o temprano, debe
concluir en la adopción de estrategias de intervención. De que lo
hagamos o no depende, en gran medida, nuestro porvenir y, más que ello,
depende que el sindicalismo confederal siga ampliando cuotas de poder
contractual o quede como una anécdota histórica.
La
dinámica económica (paro, precariedad,…), las mutaciones en los
sectores de actividad y su repercusión en los colectivos de
trabajadores y trabajadoras, la ofensiva neoliberal que cuestiona el
movimiento sindical confederal por ser «el último enemigo a batir»… y
nuestras prácticas, no siempre las más adecuadas, pueden acabar
suponiendo un debilitamiento del sindicalismo de clase a favor de la
individualización de las relaciones laborales o de la representación
corporativa de intereses. De nosotros y nosotras depende escribir el
siguiente capítulo de esta historia.
IGNACIO FERNÁNDEZ TOXO
Secretario general de CCOO
FERNANDO LEZCANO
Secretario de Comunicación de CCOO
Artículo pUblicado en Gaeta Sindical Reflexión y debate nº 16. Sindicalismo, trabajo y democracia