Sin paracaídas para la ruptura del euro

Hay quien durante los primeros días de noviembre vio más posible que
nunca en la salida de Grecia de la zona euro. El exprimer ministro
Yorgos Papandreu había supeditado la aprobación del segundo rescate del
país a un referéndum, algo que, en el mejor de los casos, ralentizaba
ese auxilio hasta poner al país al borde de la bancarrota y la salida de
la zona euro;

y, en el peor, tumbaba el rescate, con idéntico
resultado. El gran tabú se convirtió de repente en un escenario posible,
cada vez menos improbable. Los acontecimientos de aquella turbulenta
semana, que acabaron con la caída del Gobierno, se seguían desde el
cuartel general de Tui, un gran operador turístico alemán, que se vio
directamente afectado y se puso la venda antes de la herida.

05-12-2011

La compañía contactó con los empresarios hoteleros de Grecia y les
emplazó a firmar nuevos contratos comerciales ante la posibilidad de que
el país pudiese abandonar la moneda única y volviera al dracma. La
medida tenía su calado, ya que un regreso a una moneda nacional
supondría una depreciación del 60% respecto al euro, según diversos
análisis. El portavoz de la empresa germana, Robin Zimmermann, justificó
en aquellos días que esta medida «también va de acuerdo con el interés
de los turistas». «Todas las filiales de Tui deben velar por garantizar
su seguridad ante posibles variaciones de los tipos de cambio», añadió
el portavoz.

Aquel referéndum de Grecia no se celebró, el nuevo
Gobierno interino heleno se ha comprometido a respaldar los acuerdos
europeos del rescate y ese fuego, de momento, se controló.

Pero
las empresas y bancos europeos llevan meses diseñando sus propias
pruebas de resistencia, en la misma línea que la banca europea, es
decir, comprobar qué efecto tendrían en sus fondos, su financiación y su
actividad los diferentes escenarios adversos. No es lo mismo que caiga
Grecia, apenas un 2% del PIB de Europa, que Italia. El abanico del miedo
es amplio, abarca desde la suspensión de pagos de alguna de las
economías, una segmentación de la zona euro o incluso una ruptura total
de esta, entre otros escenarios. «O un mantenimiento del euro, pero a
costa de una mayor disciplina fiscal, lo que también tendrá efecto en
las compañías y su potencial de crecimiento», advierte David Cano, socio
de Analistas Financieros Internacionales (AFI), que trabaja en planes
para empresas ante diversos escenarios de riesgo.

En España,
grandes empresas y banca valoran diferentes riesgos, pero apenas quieren
oír la pregunta sobre un eventual desmantelamiento de la moneda única,
ese qué harían si…, como si realizar simulacros de incendio fuese una forma de encender el fuego, mentar la bicha.

«Lo
que hay que dejar claro es que no se trata de que las empresas piensen
en que el euro se puede romper, o un país quebrar, sino que se plantean
escenarios extremos para ver cómo les afectaría», comenta Cano.

La
diversificación de fuentes de financiación, el refuerzo de los fondos
propios y la colocación repartida de la liquidez se repite como un
mantra estos días, pero todas estas medidas preventivas tendrían un
efecto limitado si la ruptura del sistema monetario único europeo
llegase a producirse. Hubo planes para entrar a aquella ordenada llegada
del euro, pero ¿cómo prepararse para algo que no se sabe ni cómo, ni
cuándo, ni en qué medida se puede producir? ¿Cómo reaccionar a lo que no
contemplan ni los tratados europeos?

Un alto ejecutivo compara el
plan de emergencia con que te den un paracaídas en un vuelo comercial, a
11 kilómetros de altura: «¿De qué serviría? De nada. Pues lo del fin
del euro es parecido».

Una reflexión similar puede oírse en la
empresa Altadis, que tiene planes de contingencia ante diferentes
problemas posibles, pero no uno específico ante un adiós a la moneda
única, porque lo descartan. «Si se produjera una ruptura de la zona
euro, estaríamos viviendo un fenómeno de tal magnitud y globalidad que
es más que posible que un plan de esas características no pudiera
contribuir en nada a remediar el impacto en la economía en general, y
dependeríamos de decisiones que se adoptaran en instancias
gubernamentales nacionales y europeas», señala una fuente de la firma,
informa Santiago Hernández. La compañía llama a evitar el
alarmismo y advierte que «no ayuda nada la impresión generalizada de
pesimismo existente y los anuncios de futuras calamidades económicas».

No
hay nada más miedoso que el dinero. Y, por lo tanto, no puede haber
nadie más prudente que las entidades financieras, encargadas de
guardarlo e invertirlo. Sin embargo, la gravedad de la crisis hace
imposible negar la evidencia.

En un documento interno, un banco
español admite «el carácter excepcional y extremo de la situación». Tras
los fracasos de las sucesivas cumbres, «el deterioro del entorno
financiero está siendo vertiginoso», dice este banco. La recomendación
interna para sus mandos era que es un momento de «pragmatismo y
flexibilidad». Las bases de este turbador análisis son dos: «La deuda
soberana ha dejado de ser un activo sin riesgo» y «la lejanía en las
posturas de los distintos actores políticos europeos a la hora de
avanzar resulta inquietante».

En el capítulo de probabilidades,
esta importante entidad financiera admite que «hay un 5% de
posibilidades de que la situación acabe excepcionalmente peor». Sin
citar esa innombrable ruptura del euro.

Oficialmente, las
entidades no contemplan la posibilidad de esa fragmentación. Sin
embargo, en privado, admiten que su obligación es prepararse para esta
contingencia, que creen realmente remota porque «los daños serían
catastróficos para todos».

Los expertos comentan que los dos
bancos grandes, el Santander y el BBVA, tendrían más probabilidades de
salir adelante por su fuerte posición en América Latina, Estados Unidos y
Reino Unido. El patrimonio de sus filiales está en dólares y libras, lo
que les dejaría parcialmente fuera de la tormenta. El resto de
entidades financieras tienen todo su negocio en España, por lo que les
afectaría a todos sus activos y pasivos.

Lo que sí han hecho es
prepararse para la inestable situación actual, que se agudizó desde
agosto. La fórmula del Banco Popular la suscriben sus competidores:
«Reforzar el capital hasta el 9,76%; aumentar la captación de depósitos
para depender menos de los mercados mayoristas y captar más clientes
para fortalecer el modelo comercial». El problema es que el mercado no
da para todos. Lo que unos ganan, otros lo pierden, por lo que la muerte
de los más débiles está anunciada.

Si hubiese un listado de pesadillas empresariales, lo que ocuparía los primeros puestos es el credit crunch.
Ese anglicismo que usa el mundo financiero sirve para hablar de una
situación de sequía extrema del crédito y a precios desorbitados, porque
el caso se presenta más tangible para los directivos que una salida de
la divisa comunitaria. Los vecinos italianos saben algo de eso. «En
Italia hay una alarma bancaria. Ya no circula más dinero», lanzó esta
semana como mensaje el presidente de la Comisión Nacional del Mercado de
Valores (Consob), Giuseppe Vegas.

En España, del grifo crediticio
sale un chorro de agua cada vez más fino. En números, el saldo total de
créditos para actividades productivas quedó en 963.849 millones de
euros el pasado junio, según los últimos datos del Banco de España, lo
que supone una caída de 30.600 millones en un año. Con la excepción del
segundo trimestre de 2010, no deja de bajar desde hace dos años.

Para
2012 no se esperan alegrías en este terreno, según un alto ejecutivo
financiero, porque se estima una caída de 35.000 millones de euros en la
concesión de préstamos a familias y empresas, una contracción que los
veteranos de esta industria no recuerdan haber visto antes.

El
Banco Central Europeo (BCE) tiene pensado mantener e incluso potenciar
la barra libre de financiación de a la banca. Se espera una demanda
récord para la subasta del próximo 20 de diciembre y el mercado especula
con la posibilidad de que el organismo que preside Mario Draghi pueda
llegar a prestar dinero a dos y tres años, cuando hasta ahora el tope
está en uno. La cuestión es si ese riego sanguíneo fluirá después a la
llamada economía productiva.

«Es muy importante que las empresas
refuercen ahora sus fondos propios y busquen vías de financiación
alternativas al sector bancario, como las salidas a Bolsa, la emisión de
bonos o las colocaciones privadas de capital», advierte Cano, de AFI.

También
quien tiene liquidez debe pensar en repartirla entre fondos, letras o
bonos, por ejemplo, para repartir riesgos. La crisis está llevando a un
cambio de posiciones en los viejos activos refugio: el bono alemán
pierde atractivo frente al estadounidense, por ejemplo.

Si, en el
caso más extremo, la eurozona se rompiera, «no hay una regla única sobre
lo que una sociedad debe hacer, la que está endeudada debe actuar de
una manera, y la que tiene liquidez, debe pensar en cómo protegerla
mejor», añade el analista de AFI. «La excusa de estos ejercicios sirve
para detectar algunas flaquezas, como una excesiva concentración en un
área, por ejemplo, o confirmar estrategias», apunta.

Santiago
Herrero, consultor de riesgos financieros y políticos de Marsh, también
advierte a las compañías de la necesidad de «potenciar la calidad
crediticia de las aseguradoras, porque eso facilita mucho la
financiación». Aunque han empezado más tarde que otras empresas
europeas, apunta, la española está cada vez más concienciada.

Las
empresas, de un modo u otro, están sumidas en sus propios planes de
austeridad. Mercadona y Eroski, por ejemplo, coinciden en que se han
aplicado en recortar al máximo los costes y mejorar su eficiencia. Y
Vueling se suma a ese credo y al de la diversificación.

Estas son
medidas puestas en marcha desde que comenzó la crisis, porque lo que
pocos esperaban hace un año es que el incendio de la pequeña Grecia
acaba por poner en vilo a toda la UE; y que Alemania y Francia
plantearan incluso un euro a dos velocidades. Para ese tipo de riesgos,
se han tenido que inventar nuevos paracaídas, pero ninguno suficiente
para lo innombrable.

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