Categoría: Divulgacion

  • Pequeña guía para entender la crisis de la banca

    No te pierdas esta guía para entender de dónde viene esta crisis, cómo Europa va a ayudarnos a limpiar el agujero de la banca y qué puede pasar a partir de ahora.

    ¿Por qué empiezan los rescates?

    La Unión Europea le ha cogido el gusto a eso de rescatar países. Empezó con Grecia después de haber afirmado en cientos de ocasiones que nunca habría un salvamento… Y ya lleva tres. En Atenas, el Gobierno gastaba y gastaba al tiempo que sus ciudadanos evadían impuestos. Los irlandeses se vieron arrastrados por una banca que había adquirido siete veces el tamaño del país, un caso de ingeniería financiera que llevó a la nación más pobre de la eurozona a convertirse en la más rica… y rescatada. La escasa industria de Portugal se basaba en fabricar las mismas cosas que ahora los chinos hacen mucho más barato. Incapaz de crecer ni siquiera durante la bonanza, a nadie extrañó que Lisboa fuese el siguiente en tirar la toalla.  

    Como fichas de un dominó absurdo, los países se ven abocados a los rescates porque han acumulado años de desequilibrios financieros y por tanto deudas. Antes de la crisis, el dinero iba adonde obtenía los mayores rendimientos, y las economías de la periferia europea avanzaban en un Fórmula 1… prestado. En cuanto el miedo caló hasta el tuétano de los inversores, éstos llegaron rápidamente a la conclusión de que las economías del sur de Europa nunca podrían devolver la deuda en un nuevo escenario de crecimientos estancados. El dinero vuelve a su casa, es decir, a los países que tienen los excedentes de ahorro como Alemania, y eso deja a los demás sin capacidad para refinanciar su deuda. Al final, la periferia ha de gritar auxilio.

    ¿Por qué no funcionan los planes de salvamento?

    Einstein decía que la locura consiste en hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener resultados distintos. Los rescates de Grecia, Portugal e Irlanda no funcionan porque soportan unos ajustes muy duros y rápidos, con unos préstamos a tipos de interés más altos de lo que crecen las economías y que, por tanto, no pueden pagar. Para colmo, los créditos del salvamento tienen prioridad sobre los acreedores privados, lo que significa que en el caso de una quiebra cobran primero los rescatadores oficiales (el FMI, el BCE y la UE); y el resto asume las pérdidas del impago, como ya ha ocurrido en Grecia. Por eso, cuando los bomberos tiran abajo la puerta, los inversores se agolpan para huir por ella. Al final, los flotadores sólo sirven para financiar la salida de los prestamistas privados que venden su deuda… precisamente a los rescatadores.

    Sin embargo, el paciente europeo ha dado señales de recobrar la cordura a fuerza de shocks financieros. A unos meses de las elecciones estadounidenses y con la economía norteamericana empantanada por la incertidumbre europea, el mismísimo presidente de Estados Unidos ha censurado la política de recortes y más recortes. Obama ha afirmado que las reformas de la periferia europea precisan tiempo y que, a corto plazo, hay que inyectar dinero a los bancos débiles. Y todo ello resulta esencial para entender cómo van a rescatar a España…

    ¿Realmente necesitaba España la ayuda del exterior?

    El Gobierno cuenta con recursos al menos hasta octubre. Aunque los intereses se le encarecen, está colocando sus emisiones de bonos y su deuda permanece en niveles razonables, en torno al 80 por ciento del PIB. Por otro lado, el Banco Central Europeo, con su capacidad ilimitada para imprimir billetes, ha estado prestando a las entidades cuanta liquidez hayan necesitado. Sin embargo, las dudas continúan azotando a los mercados. Eso implica que los capitales se escapan y que la economía real no tiene financiación, con lo que la espiral recesiva se agudiza. Cargada de deuda pública, Italia también inspira desconfianza. Y los comicios helenos podrían provocar un pánico bancario: en cuanto se crea que Grecia va a salir de la eurozona, los inversores considerarán que el resto puede seguirle. Y si los ciudadanos acaban pensando que un euro en Berlín valdrá más que uno en Madrid o Roma al romperse la moneda única, entonces sacarán su dinero y lo llevarán a Alemania o Estados Unidos. Por esa razón, la Unión Europea ultima la creación de un fondo paneuropeo que garantice todos los depósitos, ligado a una supervisión bancaria única y un mecanismo de intervención de entidades en dificultades. Sin embargo, esta iniciativa tardará en desarrollarse. Y ahora hay que prepararse para la cadena de eventos que las elecciones helenas pueden ocasionar.

    De ahí que estadounidenses, alemanes e, incluso, el BCE hayan presionado a España para que solicite ya un rescate de su banca que disipe todas las dudas sobre nuestro sistema financiero e impida un contagio aún mayor fruto de la inestabilidad en Grecia. El Ejecutivo de Rajoy no quería precipitarse. Pedía tiempo hasta que se conociesen las auditorías a la banca encargadas a dos consultoras independientes, Oliver Wyman y Roland Berger, y así negociar con los datos en la mano. Pero no ha podido ser. El FMI ha adelantado la publicación de su informe cifrando las necesidades de capital en un mínimo de 40.000 millones. Y con ese importe sobre la mesa, los ministros de Finanzas europeos han obligado a España a recibir ‘ipso facto’ la ayuda a la banca.

    ¿Por qué se pone dinero para la banca?

    El volumen de los vencimientos de deuda españoles supera cualquier fondo de rescate que Europa pueda o esté dispuesta a desembolsar. Así que sale mucho más barato hacer una operación quirúrgica y concentrarse allá donde están las mayores goteras. Según este análisis, España no tiene un problema de deuda pública. Su losa consiste en unos niveles de endeudamiento privado harto elevados. Por un lado, las familias deben sobre el 180 por ciento del PIB, con buena parte de esos recursos aprisionados en unos pisos difíciles de vender y cuyos precios se desploman. Por otro, las empresas han recibido financiación por valor del 120 por ciento del PIB y ya no producen los beneficios de antaño. Y la banca es quien ha prestado casi todo. Las entidades captaron del exterior los capitales canalizando la toma de endeudamiento, y ahora padecen los impagos y la morosidad de una economía en caída libre, de modo que los inversores no se fían del sistema financiero español. Se preguntan cómo nuestros bancos van a recuperar todos los préstamos en un país con un abultado inventario de viviendas y suelo que no se vende y una tasa de paro superior al 20 por ciento. Y lo peor estriba en que estas entidades, como las de todo el mundo, precisan de los mercados mayoristas para seguir pedaleando sobre la bicicleta: daban todo el crédito a largo plazo, pero se financiaban a corto porque ganaban mucho dinero con la diferencia de intereses. Y ahora los mercados les niegan la gasolina para seguir operando. Falta la liquidez y se tornan insolventes, como sucedió con Lehman. Por eso, si afloran todas las pérdidas y se recapitalizan, pueden recuperar la salud, volver a los mercados inspirando confianza y financiarse a unos tipos aceptables que se trasladarán a todo el país, alejando el miedo a que España sea otra Irlanda derrumbada por sus bancos. La diferencia en el coste al que toman prestado Alemania y España, la tan familiar ahora prima de riesgo, se rebajaría. Aunque muy lentamente, el crédito se puede restablecer y permitir que se abran nuevos negocios y se genere empleo.

    ¿Cómo se va a inyectar el dinero a las entidades?

    Todo ha de ejecutarse con sumo cuidado en las formas. Es esencial que los inversores nunca crean que perderán parte del dinero que han puesto y por lo tanto huyan de España; esto es, los hombres de negro han de aparecer disfrazados. Como en la película protagonizada por Will Smith, tienen que limpiar sin que nadie se dé cuenta de que han pasado por aquí. Parecerá un accidente… bancario. Y gracias a ello Europa no va a imponernos de inmediato más medidas de austeridad, sino que sólo enunciará un listado de condiciones para los bancos. Europa abrirá una línea de crédito de hasta 100.000 millones, bien a través del fondo temporal de rescate, el Fondo Europeo de Estabilización Financiera, o bien a través del permanente, el Mecanismo Europeo de Estabilización, que entra en vigor en julio. Estos vehículos prestarán a unos tipos más baratos de los que se financia el Reino de España al Fondo de Restructuración Financiera Bancaria, el Frob. A su vez, éste inyectara capital en las entidades conforme declaren el deterioro de sus carteras. A cambio, los bancos habrán de poner coto a las retribuciones de sus directivos; aumentar provisiones; cerrar sucursales y despedir empleados; vender activos inmobiliarios, participaciones accionariales y filiales. Por supuesto, los políticos cederán a Europa parte de la supervisión de nuestras entidades.

    ¿Qué nos va a costar?

    Los depositantes están protegidos. De hecho, lo estarán aún más cuando el capital de los bancos se haya reforzado y Europa acuerde el fondo de garantía de depósitos paneuropeo. El acreedor en principio también se encuentra blindado. Pero el accionista puede ver cómo se suprime el dividendo y sus títulos se diluyen y pierden valor.

    Al recurrir a un instrumento estatal como el Frob para rescatar a la banca, el Estado elevará su deuda, con un coste entre el 6 y el 12 por ciento del PIB, unas cotas menores que las de Irlanda, que ha empleado más del 30 por ciento del PIB, y Alemania, que ha inyectado un 15. Si además las entidades no consiguen devolver los recursos, algo bastante normal en el contexto de una economía en crisis, entonces los préstamos se convertirán en acciones de los bancos y buena parte del sector financiero se nacionalizará hasta que la inflación o el crecimiento impulsen las cotizaciones y el Gobierno pueda desinvertir. En ese supuesto, el Tesoro español, es decir, los ciudadanos, podrían tener que sufragar los intereses.

    Aunque no se trate de un rescate al uso, lo más seguro es que por otra parte Berlín se asegure la devolución de los créditos. Y el garante último es el Estado español, de modo que la Comisión nos exigirá más medidas presupuestarias según compruebe nuestro grado de cumplimiento. Es muy probable que nos pidan recortes en las pensiones, dado el envejecimiento de la población; en la prestación por desempleo, para incentivar la búsqueda de trabajo y aligerar la carga presupuestaria; copagos en los servicios públicos; el fin de la deducción por compra de vivienda y, evidentemente, subir el IVA ahora que sólo recaudamos en impuestos el 35 por ciento del PIB, una cantidad inferior al 40 por ciento de Grecia, 45 de Alemania y 50 de Francia. Después del baile de cifras de déficit, también nos impondrán mecanismos más estrictos con el fin de controlar a las comunidades autónomas y un consejo de política fiscal independiente que inspeccione las cuentas públicas.

    ¿Y ahora qué?

    Existen dos posibilidades. La interpretación de la prensa financiera internacional pesa mucho, y pueden venderlo como un rescate parcial que acabará siendo total conforme se observe que la economía no crece, los préstamos a los bancos no se devuelven y el Estado termina como consecuencia endilgado con más intereses y deuda que abonar. En especial, si surgen dañadas más entidades de un tamaño considerable. Pero la posibilidad más barajada es que en un primer momento el mercado lo celebre y se alivie la tensión en la prima de riesgo. De hecho, las alzas de los mercados durante la última semana obedecen a que se esperaba esta ayuda y que Europa por fin presentará a finales de mes un calendario hacia la unión bancaria y, quizás, fiscal. Mientras la integración europea no se complete, España soportará sola su particular crisis como consecuencia de la deuda privada y el déficit público, el envejecimiento de la población con los costes que conlleva y la falta de competitividad frente al exterior. 

  • Reforma laboral a la alemana.

    Entrevista en Salvados de la Sexta TV, a ANTONIO BRETTSCHNEIDER … SOCIÓLOGO ALEMÁN

  • España hiede.

    La fetidez llega a Bruselas, a Berlín y más lejos, pero parece que el hedor todavía no molesta ni al Partido Popular ni al Gobierno;

    Debe ser que nuestros actuales dirigentes no disponen de un olfato tan fino como el de nuestros socios europeos, o que, obedeciendo a un resorte darwiniano, se han adaptado a vivir con tufo. De lo contrario no se entiende una postura tan contraria al proyecto de ley de transparencia y a mostrar las cuentas claras, cuando, obligados por la recesión, pedimos a la desconfiada Unión Europea que nos asista con fabulosas inyecciones de dinero.

    Desde hace un tiempo, la ciudadanía, no toda claro, pero sí una buena parte, asiste indignada y perpleja al denigrante espectáculo de una corrupción que se extiende como un tumor, mientras se aprieta el cinturón para salir de la crisis. Cada día se conocen nuevos casos de la lacra, que afectan a las instituciones públicas, y aunque es innegable que la corrupción está bien arraigada en la sociedad -la economía sumergida se calcula en el 23% del PIB, con tendencia a crecer, y el fraude fiscal se estima en 80.000 millones de euros-, da la impresión de que España se corrompe sobre todo por arriba, por los estratos dirigentes de las instituciones.

    Casi a diario se destapan nuevos casos de corrupción política y ramificaciones de la trama Gürtel, que apunta, presuntamente, a la financiación irregular del Partido Popular. Si en su día, la corrupción salpicó sobre todo al PSOE, el principal caso que afectaba al PP (caso Naseiro) no se pudo investigar por un defecto de forma, hoy es este partido el más afectado por casos de corrupción en casi todas las comunidades autónomas donde gobierna, aunque el PSOE no está libre de casos recientes (el ERE de Andalucía), ni tampoco otros partidos como Unión Mallorquina, Coalición Canaria o CiU.

    En España, tierra pobre y propensa a la picaresca, que inspiró la literatura del Siglo de Oro y nutre el periodismo de hoy, la pequeña corrupción está muy extendida en los particulares -la trampa, la pequeña artimaña fiscal (la que Hacienda persigue con más saña), la treta en las facturas (¿con o sin factura?, ¿con IVA o sin IVA?)-, y está electoralmente avalada, pero es por arriba, donde debería ser mayor la exigencia de honradez y responsabilidad, donde las cifras dan vértigo por la evasión fiscal de la grandes empresas, por los engaños de los bancos, por la lentitud y la lenidad del aparato judicial con los poderosos y por los negocios montados al amparo del poder político que salpican a las más altas instituciones del Estado.

    La corrupción anega al país, empezando por casos de particulares, pero mucho más grave, no sólo por la cuantía sino por la falta de ejemplaridad, es la corrupción surgida al amparo de las instituciones públicas, en particular las que representan la soberanía popular. Desde los particulares, empresas y entidades privadas (en su día la PSV, la cooperativa sindical de viviendas; hoy la organización patronal CEOE, salpicada por quien fuera su presidente); empresas públicas y semipúblicas, entidades financieras (Bankia como caso paradigmático), partidos políticos, gobiernos locales y autonómicos, la infección llega a las más altas instituciones del Estado, pues no se salvan ni el Ejército (aún colea el caso del Yak-42), ni la judicatura, ni la Iglesia, ni la Casa Real. Lo cual revela no sólo la “madera” de que está hecha buena parte nuestra clase política, sino la escasa utilidad de los mecanismos previstos para mantener la conducta de los gobernantes dentro de lo tolerable y, sobre todo, dentro de la ley, y su impotencia para controlar el destino de los fondos públicos.

    La generosa autonomía de que dispone la clase política para gobernar sin dar explicaciones y para gastar dinero público sin contraer responsabilidades, ha ido sorteando uno tras otro los filtros establecidos para vigilar sus actividades y evitar las malas prácticas. Así, los ciudadanos asfixiados por los ajustes contra la crisis e indignados por las ingentes cantidades de dinero público destinadas a salvar bancos sin que se pidan explicaciones a sus responsables, se pueden preguntar de qué sirve el trabajo de interventores, de concejales y consejeros de Hacienda, de los parlamentos autonómicos, de los diputados del Congreso, de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, del Tribunal de Cuentas, del Ministerio de Hacienda, del Banco de España o de la Fiscalía General del Estado, cuando no han podido evitar ni corregir el destino equivocado, el dispendio o el provecho privado de millones de euros de dinero público. Y extraen la lógica conclusión de que tenemos uno de los sistemas democráticos menos transparentes de Europa y de que la opacidad genera corrupción.

    Como si alguien hubiera levantado la tapa del cubo de la basura, en muy poco tiempo han ido saliendo a la luz las peores consecuencias de nuestro modelo económico y las debilidades del sistema político. En los últimos quince años, hemos crecido mucho económicamente, pero hemos crecido mal; lo hemos hecho de forma desproporcionada y nos hemos escorado aumentando las asimetrías de nuestro modelo productivo y haciendo de la corrupción un factor dinámico del crecimiento, mientras los mecanismos que debían corregir ambos fenómenos -el crecimiento del sector de la construcción y la corrupción- resultaban ineficaces. La crisis ha sido el catalizador que ha revelado lo que permanecía en estado latente y ha mostrado los preocupantes signos que anuncian el simultáneo agotamiento del modelo económico y del sistema político surgido de la Transición.

    Como un buque viejo, el régimen democrático hace agua y cruje por las cuadernas, pero el capitán no responde ni aparece por el puente, el contramaestre duda, la sentina apesta, la sala de máquinas está casi parada, pero a la marinería se le exige más esfuerzo para poner rumbo al desastre. Y ahí vamos: ¡A toda máquina!

    José M. Roca. Escritor

  • El presidente del Gobierno un activo tóxico.

    “La ciencia avanza que es una barbaridad”.

    Una frase que de niño escuchaba muchísimo a la gente mayor, no se si era de alguna zarzuela o la dijo alguien importante o simplemente era un dicho popular de principios del siglo XX, que se utilizaba para expresar la rapidez de los cambios que se producían en aquella época.

    Lo cierto es que si esa frase se la aplicáramos hoy, por ejemplo a Mariano Rajoy, nos daríamos cuenta de su inmenso valor como ejemplificadora de cualquier proceso de cambio, incluido el del presidente del gobierno. ¿Quién podría imaginar hace tan solo cinco meses que el presidente del gobierno con su aspecto anodino y poco sugerente, podría convertirse en todo un símbolo que explica por si mismo la realidad de nuestro exhausto sistema financiero? Solo un visionario podría.

    Lo cierto es que la deriva política de Rajoy se corresponde, como si de dos almas gemelas se tratara, con la deriva de la banca española.

    Digamos que Rajoy llegó a la Moncloa como un activo de dudoso cobro, en tanto su elección estuvo precedida por la desconfianza general, incluida la de sus votantes. La magnitud de la victoria fue mal interpretado por su propio partido que cometió el error de no provisionarle, confiando en que la amplitud de la misma lo convertiría inmediatamente en realizable.

    ¿Qué ha ocurrido entonces para que en tan corto espacio de tiempo, Rajoy en lugar de ser un valor realizable se haya convertido en un activo tóxico?

    La respuesta mas socorrida es que la magnitud de esta crisis se lleva por delante no solo a los optimistas, sino también a los taciturnos. Pero una respuesta de estas características exoneraría de responsabilidad precisamente a aquellos que como Rajoy se postulaba como el gran valedor de las respuestas adecuadas, resumidas en la mofa de que incluso su sola presencia sería suficiente para devolver la felicidad a los españoles que viven la angustia de una crisis que parece no tener fin.

    Por tanto, particularicemos su comportamiento para detectar que le ha podido llevar a Rajoy a convertirse en un activo tóxico, con riesgos más que evidentes de salir del balance para poder redimensionar la entidad a la que pertenece.

    En primer lugar, desde que llegó al poder, Rajoy se ha conducido en su acción política guiado por indicadores de salud, sin advertir que lo que es bueno para la salud física; la hipotensión, las dietas hipocalóricas, la hipocolesterolemia, etc., no lo es necesariamente para la salud política de un país, gravemente enfermo a consecuencia de la crisis, en el que conviene que sus gobernantes, el presidente a la cabeza, no depriman aún mas al paciente para eludir responsabilidades por si falla el tratamiento.

    Otro de los aspectos centrales a destacar de Rajoy como gobernante, es el ocultamiento, que no es otra cosa, que la prolongación del engaño hasta el límite. Rajoy, no engaña, Rajoy personifica el engaño, se comporta en política como los personajes de película que encarnan un asesino que confesará su crimen dos minutos antes de la ejecución, para que la familia de la victima le perdone. Rajoy jura y perjura que nunca hará lo que va a hacer inmediatamente.

    Si como dicen los que dicen que saben, la crisis es de confianza, con personajes de este fuste, no es difícil pronosticar nuestro futuro.

    Con este proceder, no es extraña la preocupación de Rajoy por su híper exposición pública, lo que le ha llevado a que cuando no le ha quedado mas remedio que comparecer lo haya hecho perdiendo el sentido del tiempo y del espacio, poniendo al personal de dentro y de fuera en desbandada.

    A Rajoy le han bastado seis meses para acabar con dos mitos, que como tales mitos, parecía imposible destruir. Uno ya hemos tenido la oportunidad de comentarlo en estas mismas páginas como argumento para su triunfo electoral. La derecha se lleva mejor con el mundo del dinero. El otro firmemente arraigado en la conciencia de los españoles consiste en pensar, pese a todos los antecedentes, que la derecha entiende más de economía.

    No será porque no me avisó un buen amigo cuando Rato llegó a Bankia, cambia de banco inmediatamente, desde su paso por Trinaranjus (atendiendo al anuncio de TV «ranjus» se lo debió quedar Rato) allá donde va Don Rodrigo lo deja todo como un solar.

  • Algunas (que no todas) de las perlas de MAFO al frente del Banco de España

    El dentro de poco ex gobernador del Banco de España dejó varias perlas en la nevera mientras presidía el supervisor bancario.

     Muchas no le competían, como las relacionadas con el mercado laboral. En otras que sí eran de su ámbito directamente falló estrepitosamente. Ahí van algunas de ellas. 

    El sistema bancarios español es fiable.

    Hay que ajustar precios y salarios.

    «Hay que abaratar el despido, aunque es un error actuar exclusivamente en esta dirección»

    «El proceso de capitalización bancaria se ha completado»