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  • Las equivocaciones más graves en el trabajo

    Los errores flagrantes o reiterados pueden arruinar una carrera profesionalLos expertos han tipificado una serie de conductas que, tarde o temprano, llevan a que un empleado sea despedido.

    20-10-2008

    En el trabajo, es habitual y lógico que se cometan errores. Pero una cosa son esos fallos inevitables que no tienen una gran repercusión porque son fácilmente corregibles y que incluso sirven para aprender, y otra muy distinta esos otros que, por su gravedad, suponen un gran perjuicio para la empresa o para el propio prestigio profesional. En el mundo laboral se producen habitualmente una serie de conductas que, tarde o temprano, llevan a que un empleado sea despedido.

    Según los expertos, los errores más habituales que pueden llevar al fracaso en la carrera profesional son los siguientes:

    • El exceso de perfeccionismo: aunque a algunos puede parecerles una virtud, el perfeccionismo mal entendido puede acarrear muchos problemas en el trabajo. ¿Cuáles son los hábitos del empleado perfeccionista? Se trata de un profesional fanático de las normas, lo que hace que en muchos casos sea lento y no cumpla las fechas de entrega. Detallista y ordenado en exceso, es capaz de no dar por concluida nunca una tarea. No aprecia la libertad en el trabajo y, por miedo a cometer errores, provoca cuellos de botella en su departamento.
    • Hablar más de la cuenta: en muchas empresas, la prudencia, la formalidad y el respeto a las personas siguen siendo las grandes virtudes de su cultura corporativa. Esto hace que no encajen ese tipo de personas a las que les encantan los cotilleos de pasillo, propagar rumores o destruir la reputación de sus compañeros. A este perfil de empleado no le preocupa exagerar o mentir. En algunos casos, suelen simular lealtad hacia la empresa, los jefes y los compañeros, pero lo cierto es que suelen buscar ventajas para usarlas en beneficio propio. Y, tarde o temprano, terminan por ser rechazados.
    • La excesiva sumisión: la antigua cultura empresarial del «ordeno y mando» ha pasado a la historia. Las empresas modernas buscan contratar a empleados creativos, innovadores y con iniciativa. Personas que, si no están de acuerdo con las opiniones y directrices de sus superiores, sean capaces de cuestionarlas y plantear críticas constructivas. Estas nuevas tendencias hacen que el antiguo empleado sumiso y obediente se quede cada vez más fuera de juego. Como recomiendan Herbert Fensterheim y Jean Baer en su libro «No diga sí cuando quiere decir no», en la empresa «hay que usar la asertividad», que consiste en utilizar un lenguaje positivo para modificar algo. Por ejemplo, ante un proyecto algo incorrecto, lo mejor es decir: «es bueno, sin embargo ¿no creéis que si incorporamos este otro elemento será mejor?».
    • La falta de eficacia: en una pequeña o mediana empresa resulta más difícil «escurrir el bulto» de los trabajos en equipo. Sin embargo, en las organizaciones de mayor tamaño las tareas y las responsabilidades se diluyen, y es aquí donde la figura del vago suele darse con más frecuencia. Holgazanea todo el día, sin centrarse en el trabajo. Esto provoca frecuentes problemas con sus compañeros, que tienen que asumir su trabajo.
    • Desmotivación indisimulada: no todo el mundo tiene por qué estar satisfecho con su trabajo o empresa. Pero lo cierto, según los expertos en recursos humanos, es que la falta de motivación es una actitud que no pasa desapercibida. Y limita mucho una carrera profesional en muchos aspectos: para conseguir un aumento salarial, un ascenso, mejoras en las condiciones de trabajo… Los empleados desmotivados se convierten en quisquillosos y amargados. Se quejan ante el más pequeño contratiempo. Creen que los demás «la tienen tomada con ellos» o que sus jefes les encomiendan las peores tareas. En definitiva, se ponen en el centro de la diana de cara a futuros despidos.
    • La ambición sin límites: los expertos califican a las personas como «reactivas» (no tienen iniciativa) o «proactivas» (aportan continuamente ideas nuevas). Lo ideal es el punto medio. El exceso de protagonismo, querer acumular todos los méritos del equipo y pretender escalar posiciones en la empresa a costa de los demás son actitudes que muy pronto harán que, tanto superiores como compañeros, vean como «trepa» a este trabajador. Las personas que actúan de esta manera suelen encontrarse con el tiempo aisladas y sin ningún apoyo dentro de la organización.
    • El trabajador individualista: según los especialistas, hay empleados a los que, por su comportamiento frente al trabajo, se les suele colocar la etiqueta de «lobos solitarios». Sus principales pautas de comportamiento son mostrarse seguros de sí mismos, hacer las cosas a su manera y expresarse de forma libre y desinhibida, ser muy críticos, desafiar continuamente la autoridad y trabajar mal en equipo. Aunque se trata de un perfil de trabajadores que también acostumbran a poseer importantes virtudes (les gustan los retos, son inteligentes, sinceros y muy exigentes consigo mismos), lo cierto es que no encajan muy bien en los grupos de trabajo, algo que muchas veces es un obstáculo insalvable para que su carrera profesional tenga un desarrollo positivo.
    • Amores de oficina: es cierto que los sentimientos son imposibles de controlar, lo que hace que las relaciones afectivas con compañeros de trabajo sean, si bien no generalizadas, sí bastante frecuentes. En principio, estas situaciones no deben ser ningún obstáculo para la carrera profesional, aunque hay casos concretos en los que sí pueden plantear problemas.
    • Hoy no voy a trabajar… ni mañana tampoco: hay empleados especialmente hábiles a la hora de buscar excusas para no ir a trabajar. Quien practica el absentismo reiterado puede pensar que con ello obtiene una ventaja (uno o dos días sin pasar por la oficina), pero a la larga está cavando su tumba profesional; hay empresas que incluso han recurrido a los servicios de detectives privados para acumular pruebas que justifiquen el despido objetivo del empleado.

    Errores de la dirección

    Desde un puesto ejecutivo de jefe también se debe ser precavido para no cometer errores que puedan frenar en seco la trayectoria profesional:

    • Exceso de autoritarismo: hay personas que, en cuanto cambian de estatus, modifican repentinamente su forma de ser y se convierten en jefes autoritarios. ¿Sus pautas de actuación? Son arrogantes, engreídos y se consideran a sí mismos los únicos con capacidad para hacer bien las cosas. Su ejercicio del poder intimida, lo que hace que el equipo les dé la espalda y no colabore con ellos. El grave error aquí estriba en que ignoran que, para que un equipo triunfe, se necesita que todos den lo mejor de sí.
    • Falta de creatividad: en el argot empresarial son conocidos como «jefes androides». Obedientes y descuidados, son personas inseguras que dependen de la buena voluntad de los demás trabajadores. Están constantemente angustiados con todo, con su trabajo y con su vida. Son sumisos, carecen de imaginación y, sobre todo, tienen una pobre opinión de sus propias capacidades. Como jefes, les cuesta mucho motivar a sus colaboradores, delegar responsabilidades o tomar sus propias decisiones sobre sus proyectos. Esto hace que suelan ahogar la creatividad de los empleados a su cargo.
    • Hipersensibilidad: frente al modelo anterior del jefe androide (extremadamente frío y distante con su equipo), en el extremo opuesto está el modelo de jefe hipersensible. Es altruista por naturaleza y tiene una gran capacidad de sacrificio, lo que les lleva incluso a pasar por alto la falta de rendimiento de sus subordinados. Tienden a creerse los responsables de desarrollar relaciones armoniosas entre sus subordinados y a pasar por alto comportamientos que requerirían una respuesta disciplinaria.

    LOLA RAYA BAYONA

    Consumer Eroski

     

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  • Francisco López Sánchez reelegido Secretario General de Comfia – Madrid

    COMFIA-CC.OO.  de Madrid celebró su 3 congreso los días 20 y 21 de octubre bajo el lema Ser más grandes, llegar más lejos.

    El 3 Congreso de COMFIA-CC.OO de Madrid, que se celebró los días 20 y 21 de octubre, ha reelegido a Francisco López con el 90 por ciento de los votos como secretario general de la Federación de servicios financieros y administrativos de CC.OO. de Madrid.

    En el Congreso se presentó el balance de gestión del período 2006-2008, que fue aprobado por el 97 por ciento de los delegados, del cual podemos resaltar los excelentes resultados en afiliación y elecciones sindicales. COMFIA-Madrid ha rebasado los 21.000 afiliados y afiliadas, y ha ganado las elecciones sindicales en la mayoría de sectores que representa. Otro aspecto fundamental del balance de gestión es el fortalecimiento de las agrupaciones sectoriales y el desarrollo que han tenido las diferentes secretarías durante este período.

    Junto con la secretaria general ha sido elegida con el 95 por ciento de los votos la nueva Comisión Ejecutiva, compuesta por 45 miembros, y cuya composición esta regida por los criterios de representatividad, pluralidad, renovación y está compuesta por un 47 por ciento de mujeres y 53 por ciento de hombres. Además se eligieron las delegaciones de Comfia Madrid que asistirán al 3º congreso de Comfia – CC.OO. y al 9º congreso de CC.OO Madrid.

    Tras la celebración del congreso, se realizó la primera reunión de la nueva ejecutiva donde se nombraron a los nuevos responsables de secretarías siendo: Maite Calderón Secretaría de Organización, Gabriel Moreno Secretario de Acción Sindical, Ana Ayuga Adjunta secretaria general y Secretaria de la Mujer, Mariano Fernández Secretario de Extensión Electoral, Carmen Vidal Secretaria de Comunicación, Félix Fernández Secretario de Formación, Ángeles Balué Secretaria de Salud Laboral, Luis López Juvés Secretario de Finanzas y Javier Cobos Secretario de Servicios.

  • Stress laboral, un fenómeno de las organizaciones tóxicas

    Es lunes… pero, no tengo deseos de ir a trabajar. Mis compañeros no gestionan correctamente sus tareas y desaniman a todos. Mi jefe llego de nuevo con ese humor de…

    14-10-2008 – De nuevo es lunes y no tengo ganas de ir a trabajar… Cualquier similitud con al vida real, no precisamente es pura coincidencia.

    Muchas voces se han alzado, desde distintos sectores, sosteniendo que el stress se ha constituido en la enfermedad del siglo XXI. Una enfermedad crónica, que no solo afecta lo corporal, sino que puede desmoronar emocionalmente a una persona.

    El concepto de stress fue formulado por el Dr. Hans Selye a principios de siglo pasado y, lo definió como: «una respuesta no específica del organismo a toda demanda que se le haga.» Si dicha demanda es negativa, provoca en el sujeto una acción no positiva sobre su personalidad.

    En los ámbitos laborales, las actitudes de censura se han vuelto más frecuentes y se ha acuñado el concepto de stress laboral. El mismo se produce cuando existe un corrimiento perceptivo, por parte del sujeto-empleado, entre las demandas organizacionales y las capacidades propias o corporativas para llevarlas a cabo. Apliquemos un ejemplo: Si un operario es contratado para operar un torno computarizado y luego es destinado a la sección de depósito, como consecuencia de una alteración en la cadena de producción, allí se estará gestando una situación de tensión organizacional que terminara resintiendo la relación y provocando stress.

    Según la Organización Internacional del Trabajo, las problemáticas que generan el stress laboral son un peligro para las economías de los países industrializados y en vías de desarrollo. Resiente la productividad al afectar la salud física y mental de trabajadores.

    Pero…

    ¿Cómo surge el stress laboral?

    Generalmente es una de las características de las organizaciones tóxicas. Son tóxicas para sus miembros, aquellas organizaciones poco efectivas que no cuentan con resultado satisfactorios. Allí, los empleados desarrollan sus funciones bajo estados de tensión permanente, sin objetivos claros ni procesos definidos, con constantes presiones y malos tratos. Como consecuencia de ello, no se desarrollan redes vinculares con los pares y se facilita un clima organizacional destructivo.

    El profesor Peter J. Frost, de la Harvard Business School, sostiene que un medio tóxico «es el resultado tanto de las prácticas de una empresa como de las actitudes y acciones emocionalmente insensibles de sus gerentes. Una situación así le resta vitalidad a los trabajadores y a la organización y contribuye a una disminución de la productividad individual.»

    Los malos tratos, la falta de pericia técnica y humana de muchos responsables y una actitud de desprecio sobre el capital humano, generaran una necesaria disminución emocional en los trabajadores al volver casi inaplicable el natural proceso de resiliencia con la que cuentan los seres humanos. El miedo y la intimidación se convierten así en moneda de cambio habitual.

    Algunas características que favorecen la aparición de organizaciones tóxicas:

    1. Una exacerbada presencia de interacción face to face, puede hacer que se resienta la relación.

    2. Un gran numero de personas con intereses contrapuestos y que no comparten las políticas organizacionales.

    3. Excesivos niveles de interdependencia en el ejercicio de la tarea.

    4. Mala o inexistente gestión de la comunicación.

    5. Una fuerte presión externa que amenaza constantemente el trabajo.

    6. Una excesiva identificación con la organización, ya que ningún extremo es bueno.

    El primer paso para mejorar el stress de nuestros empleados, es el reconocimiento de la realidad institucional en que accionan. De por si, la actividad laboral es generadora de stress y por ello se hace necesario el concurso del departamento de recursos humanos para aliviar la tensión sobre nuestros empleados.

    La lógica es sencilla. Empleados en su plenitud trabajan más y mejor generando más producción y, por ende, más ganancias. O acaso, no es esa la finalidad de toda empresa.

    Lic. Elisa Voegeli – Licenciada en Psicología Organizacional por la Universidad Empresarial Siglo21.

    Gerente de Sucursales de Consultores de Empresas.

    Servicios Suramericano de Noticias

     

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  • Culpables, millonarios e impunes

    REPORTAJE: Primer plano. El mal hacer de una casta intocable de directivos está detrás de la crisis financiera.

    13-10-2008 – «Cuando nace un brahmán, nace superior a la Tierra entera, es señor de todas las criaturas, y tiene que guardar el secreto del dharma. Todo lo que existe en el mundo es propiedad privada del brahmán. Por la alta excelencia de su nacimiento, él tiene derecho a todo. Esto es, es él quien goza, quien viste, quien da a otros, y es a través de su gracia que otros gozan», se dice en el Libro de Manu. Las leyes de Manu están contenidas en un antiguo manuscrito hindú que estableció el sistema de castas en la India hace más de dos mil años. El brahmán es la casta superior. Sólo unos elegidos pueden pertenecer a la misma y, como dice la cita, gozan de todos los derechos y su única labor es instruir en el conocimiento del mundo al resto de castas (salvo a los parias o intocables, que no gozan de ningún derecho).

    El capitalismo moderno ha emulado este sistema de castas. Sus brahmanes son los directivos y consejeros de las grandes corporaciones. Gozan de privilegios y prebendas por doquier: sueldos estratosféricos, planes de incentivos, vacaciones, jet privados y club de campo a costa de la empresa… Y no tienen casi ninguna responsabilidad. Si las acciones suben, ellos son los que más ganan gracias a los programas de opciones sobre acciones que premian la revalorización bursátil. Si la cotización se derrumba o incluso si las firmas quiebran y los accionistas pierden todo lo invertido, ellos también ganan. En caso de despido, cuentan con cláusulas que les aseguran indemnizaciones multimillonarias, conocidas como paracaídas de oro (golden parachute), de las que no disfrutan los trabajadores, los parias de este orden económico.

    El derrumbe del sistema financiero internacional ha sacado a la luz estas colosales prerrogativas de los directivos cuya gestión ha abocado a la desaparición a firmas históricas como

    Lehman Brothers o Merrill Lynch. Sus arruinados accionistas y ahorradores o los trabajadores despedidos se preguntan por qué en lugar de ser reclamados por los juzgados, los ejecutivos han salido sin hacer ruido por la puerta de atrás y con las carteras llenas. Sólo las cinco mayores firmas financieras de Wall Street -Merrill Lynch, JP Morgan, Lehman Brothers, Bear Stearns y Citigroup- pagaron más de tres mil millones de dólares en los últimos cinco años a sus máximos ejecutivos, justo en el periodo en el que éstos se dedicaron a inflar las cuentas, empaquetando en fondos y otros activos opacos, préstamos incobrables que han derivado en la mayor crisis financiera de la historia.

    Cuando el sistema se colapsó, las firmas siguieron siendo generosas con los causantes de la debacle. Stanley O’Neall se llevó a casa 161 millones de dólares cuando dejó Merrill Lynch; Charles Prince obtuvo 40 millones al dejar Citigroup, cifra similar a la que que obtuvo Richard S. Fuld, de Lehman.

    El código marinero tampoco va con los CEO (chief excutive officer, siglas en inglés de consejero delegado). Si el barco se hunde, son los primeros en coger el salvavidas, un salvavidas de oro. La comisión de investigación de la Cámara de Representantes de Estados Unidos ha puesto al descubierto esta semana que la cúpula directiva de Lehman Brothers aprobó bonus por millones de dólares para los ejecutivos que salieran de la empresa mientras negociaban con las autoridades federales el rescate de la quiebra. Su consejero delegado, Richard Fuld, cuya actuación ha llevado a la desaparición del banco de inversión más veterano de Estados Unidos (fundado en 1850), ganaba 17.000 dólares a la hora.

    Pese a ser reverenciados por diarios financieros como The Financial Times o The Wall Street Journal como prototipo de eficiencia y seriedad, su comportamiento caprichoso se asemeja más bien al de los divos del pop o los artistas de Hollywood. James Cayne, el máximo responsable de Bear Stearns, se marchó a un torneo de bridge mientras colapsaban dos fondos de inversión que provocaron finalmente la desaparición de la quinta entidad financiera de Estados Unidos. ¡Ni siquiera encendía el móvil!

    Angelo Mozilo, responsable de la quiebra del banco hipotecario Countrywide, consideraba una inexplicable afrenta personal que el consejo de administración le pidiera explicaciones acerca de los viajes de su esposa en el jet privado de la compañía, que le pagó 360 millones de dólares en los últimos cinco años.

    La cultura del jet es consustancial a los CEO. Martin Sullivan, consejero delegado de AIG hasta que la aseguradora fue rescatada de la quiebra con fondos públicos por la Administración de Bush, gastó el año pasado 322.000 dólares en viajes privados o de vacaciones en el reactor de la empresa. Su colega Stanley O’Neal, presidente de Merrill Lynch, cargó gastos de avión y coche para uso particular por 357.000 dólares en 2007. Abandonó la compañía, hoy en manos de Bank of America, tras sufrir las mayores pérdidas de su historia, en octubre del año pasado, llevándose 161 millones de dólares bajo el brazo.

    La constitución de ese modelo de dirección de las grandes compañías que otorga plenos poderes y remuneraciones desmesuradas a un grupo limitado de ejecutivos, no sujetos a ningún control efectivo ni a responsabilidad por su gestión, no es reciente.

    Comenzó a fraguarse en los años ochenta y noventa, pero se ha consolidado completamente en lo que llevamos de siglo. Los datos no dejan lugar a dudas sobre la desigualdad laboral en la que se mueven estos asalariados de oro: en 1976, la remuneración media de los máximos ejecutivos de las corporaciones estadounidenses era 36 veces superior al sueldo medio de un trabajador de la empresa; en 1989, era 71 veces, y en 2007, cada directivo recibió 275 veces más que la retribución que sus trabajadores, según las cifras de The Institute for Policy Studies and United for a Fair Economy. Este mismo informe revela que entre 1996 y 2006 las retribuciones de los consejeros delegados crecieron un 45%, cuando el sueldo medio del trabajador estadounidense aumentó sólo un 7%.

    Lo más sangrante de ese abismo salarial entre gestores y gestionados es que los emolumentos de los directivos poco o nada tienen que ver en muchos casos con los resultados de la empresa que dirigen, a diferencia de lo que ocurre con los trabajadores que, ante la menor dificultad, sólo les queda el camino de la moderación salarial, cuando no directamente del despido.

    El consejo de administración de General Motors acordó en marzo pasado elevar el sueldo del presidente de la compañía automovilística, Rick Wagoner, hasta 2,2 millones de dólares, la misma base salarial que tenía antes de 2006, cuando se le recortó el salario dentro del plan de ajuste de costes que puso en marcha la compañía. El consejo acordó también otorgarle bonus y opciones sobre acciones por más de 10 millones de dólares, pese a que la firma de Detroit presentó en 2007 las mayores pérdidas de su historia que motivaron un plan de recorte laboral que afectó a 74.000 empleados, que se irán a la calle sin bonus ni planes de opciones. A los accionistas no le van mejor las cosas. Los títulos alcanzaron esta semana el nivel de 1950.

    En materia de despidos, Wagoner ha superado de lejos a su antecesor en el cargo, Roger Smith, a quien el controvertido director de cine Michael Moore le dedicó su documental Roger & me en 1989, cuando cerró la planta de GM de su localidad natal, Flint (Michigan), dejando en el paro a 30.000 trabajadores.

    Moore, que a lo largo de toda la filmación intentó sin éxito hablar con Smith, tendría aún más difícil charlar con Wagoner. La casta superior del neocapitalismo, como los brahmanes indios, no tiene que dar cuentas a nadie: ni periodistas, ni jueces, ni gobiernos, ni accionistas, ni impositores, ni contribuyentes. Para tapar los agujeros que ha causado su desastrosa gestión, los Estados han anunciado planes de inyección de fondos públicos por más de un billón y medio de euros que, en último término, saldrán del bolsillo de los contribuyentes.

    Pero si alguien piensa que, ante este derrumbe general de la economía, los CEO han entonado el mea culpa y optado por la austeridad, está muy equivocado. Los máximos directivos de AIG se fueron a pasar un fin de semana a Monarch Beach, un exclusivo hotel de California en el que las habitaciones valen 800 euros por noche, para celebrar que el Tesoro estadounidense les había salvado de la quiebra inyectando 85.000 millones de euros de fondos públicos. Según se puso de manifiesto esta semana en la Comisión de la Cámara de Representantes, los ejecutivos de la que fuera la mayor aseguradora estadounidense se gastaron más de 440.000 dólares, incluyendo «manicura, tratamientos faciales, pedicuras y masajes», a costa de los contribuyentes. «Es tan básico como el salario, ya que supone recompensar el trabajo», se justificó el portavoz de AIG, Nicholas Ashoo.

    «Sólo cuando la marea se retira, sabes quién nadaba desnudo». Warren Buffet, el financiero estadounidense y el más rico del planeta, suele repetir esta frase para describir la ceguera de accionistas y reguladores respecto a los directivos que gobiernan las empresas a su antojo y con total opacidad, de forma que nadie pueda conocer hasta su marcha la verdadera situación de las cuentas.

    El consejo de Washington Mutual, la entidad bancaria que llegó a liderar la concesión de hipotecas en Estados Unidos, modificó en febrero los planes de bonos para sus máximos directivos de forma que pudieran cobrar esos pluses sin tener en consideración el índice de impagados en el negocio hipotecario del banco cuando éste ya se había disparado hasta extremos inadmisibles. Dos meses después, la compañía era adquirida a precio de saldo por un grupo de fondos de inversión. Los directivos cobraron sus bonos al salir de la empresa, al tiempo que 3.000 empleados eran despedidos. El consejero delegado, Kerry Killinger, alegó que de 2006 a 2007 se había bajado el sueldo un 21% hasta los 14,4 millones de dólares.

    Un consuelo escaso para los accionistas que habían visto esfumarse más de un 90% de su inversión y que, pese a sus pérdidas, tuvieron que abonar 20 millones de dólares al gran Killinger, causante de su ruina, cuando finalmente decidieron echarle en septiembre pasado. Jean-Paul Votron, consejero delegado de Fortis, cobró un 15% más en 2007. Se le premiaba así por la compra de ABN Amro por 72.000 millones de euros. El banco holandés resultó estar infectado por los activos basados en las hipotecas subprime y llevó a la quiebra a Fortis, que ha tenido que ser rescatado por los Estados de Bélgica, Luxemburgo y Holanda.

    La comisión de investigación del Congreso también destapó que Fuld autorizó pagos de 20 millones de dólares a dos directivos de Lehman cuatro días antes de que la firma se declarara en bancarrota.

    El experto Graef Cristal, que dirige una revista online dedicada a analizar las compensaciones de los ejecutivos, considera que el fenómeno de la crisis de las hipotecas subprime o basura se explica en gran parte por el sistema de remuneraciones instaurado por los bancos de inversión estadounidenses a sus ejecutivos, a quienes reparten el 50% de sus beneficios, más que ningún otro sector.

    Los empleados de los mayores cinco bancos de inversión percibieron 66.000 millones de dólares en 2007, de ellos, 39.000 millones en bonus. Esta cifra arroja una retribución media de 353.089 dólares por empleado, según Bloomberg. Como su sueldo dependía directamente de lo que ganara la empresa, hincharon artificialmente las cuentas, comercializando piramidalmente fondos u otros instrumentos financieros respaldados por los ahora llamados activos tóxicos.

    «En Wall Street como en Hollywood, los beneficios tienden a venir en grandes paquetes y todos quieren un trozo. Da igual que se trate de la película Caballero Oscuro (la última de Batman) o de una gran fusión, quien tiene el poder de llevar a la gente al cine o de cerrar un acuerdo puede ganar lo que quiera», dice Cristal.

    Contra esta insultante impunidad se han alzado voces desde el ámbito ciudadano y sindical. Curiosamente, la reacción de los dirigentes políticos ha sido más bien tibia. El presidente George W. Bush, empujado por los congresistas del Partido Republicano que veían peligrar su escaño por el clamor popular, se vio forzado a aceptar que los directivos de las firmas rescatadas por su plan de 700.000 millones de euros renunciaran a recibir las indemnizaciones pactadas, propuesta que se incluyó en la reforma del plan tras ser rechazado por la Cámara de Representantes. Así ha sucedido en el caso de AIG, o las financieras inmobiliarias Fannie Mae y Freddie Mac, cuyos presidentes cesados no hicieron valer sus cláusulas de indemnización.

    La Oficina Federal de Investigación (FBI) ha abierto una investigación en 26 empresas en busca de posibles irregularidades contables. Y en la Cámara de Representantes se ha constituido una comisión de investigación por la que están pasando los principales responsables del derrumbe.

    En Europa, por el momento, sólo meras declaraciones. La canciller alemana Angela Merkel conminó a los directivos de Hypo Real Estate, rescatado de la bancarrota por un grupo de bancos y el Estado, a que respondan con su patrimonio personal. El Gobierno francés obligó a Axel Miller, consejero delegado del banco franco-belga Dexia, a renunciar a la indemnización de más de tres millones de euros que le correspondían según su contrato por dejar ese cargo. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, puso como primera condición para participar en el rescate de la entidad financiera que ninguno de los directivos recibiera indemnizaciones extraordinarias.

    Fuera de declaraciones admonitorias y la moralina para electores, ningún país ha anunciado cambios en la legislación para limitar los sueldos de los directivos o definir mejor sus responsabilidades en caso de quiebra.

    Todos los intentos por limitar los emolumentos de los ejecutivos han resultado en vano. A mediados de los ochenta, hubo una fiebre de fusiones. Los reguladores advirtieron que muchas de esas operaciones no respondían a ninguna estrategia empresarial sino a las indemnizaciones que recibían los directivos que cerraban los acuerdos. Por eso, impusieron en Estados Unidos un impuesto sobre todas las indemnizaciones que excedieran tres veces el salario anual de los directivos. La única consecuencia fue que los ejecutivos cerraron cláusulas para que las compañías se hicieran cargo de esa tasa. En 1992, la Securities Exchange Commission (SEC), que vigila los mercados bursátiles en Estados Unidos, obligó a las empresas a informar de los emolumentos de sus directivos. No sólo no se avergonzaron de revelar sus ganancias anuales, sino que las han multiplicado por cuatro.

    Un año después se intentó poner coto a los sueldos estratosféricos, limitando las deducciones fiscales a un millón de dólares. Se hizo una excepción para las recompensas no dinerarias. Como consecuencia se dispararon las remuneraciones en opciones sobre acciones. Y ya se ha convertido en una moda entre los presidentes de las corporaciones ganar un dólar al año. Los presidentes de

    Yahoo!, Apple y Google están en ese club. En 2006, ganaron sólo un dólar como salario base. ¡Y millones de dólares en opciones y bonos!

    Los gobiernos piden sacrificios a ahorradores, accionistas y trabajadores para salir al rescate de bancos y aseguradoras a costa de miles de millones de las arcas públicas. Y los culpables de este saqueo no sólo no son reclamados por la justicia, sino generosamente recompensados. Es como si a los asaltantes del tren de Glasgow les estuviera esperando el jefe de Scotland Yard en la estación de Londres para colgarles una medalla. Su botín fue de 60 millones de euros (al cambio actual) y se le llamó el robo del siglo. ¿Cómo llamaremos a las hazañas de los villanos de Wall Street?


    Paulson, uno de los nuestros

    El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Henry Paulson, es, hoy por hoy, lo más parecido a un mesías. Le han encomendado salvar el sistema capitalista mediante un plan de inyección de fondos por 700.000 millones de dólares, medio billón de euros, es decir, la mitad del producto interior español. Debe limpiar unas entidades que conoce a la perfección puesto que en 2006, cuando fue fichado por George W. Bush para dirigir el Tesoro, era presidente de Goldman Sachs, el banco de inversión donde desarrolló su carrera durante 40 años.

    Cuando dejó la firma, Paulson atesoraba una fortuna de alrededor de 500 millones de dólares, fundamentalmente en acciones, que vendió con fuertes plusvalías. Como secretario del Tesoro, ha tenido que adoptar medidas como el rescate de AIG o Fannie, pero no quiso intervenir en favor de sus antiguos competidores como Bear Stearns o Lehman Brothers, comprados por otras entidades bancarias.

    Ahora no le va a quedar más remedio que administrar las firmas donde trabajan sus colegas. De hecho, el equipo encargado de gestionar esos fondos estará integrado sobre todo por ejecutivos de Wall Street, incluyendo los de Goldman. Y es que, Paulson, aunque quiera salvar los ahorros del norteamericano medio, no deja de ser uno de los suyos. –

    EL PAIS

     

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  • La triple amenaza de la crisis crediticia

    Estamos en un momento histórico de gran inestabilidad, equivalente al que se produjo durante la Gran Depresión de los años 30. Los problemas crediticios a escala global se ven agravados por la crisis energética y la del cambio climático, lo que hace esta situación muy diferente de cualquier otra vivida antes. Estas tres amenazas globales están entrelazadas y se alimentan las unas de las otras.

    13-10-2008

    La actual crisis crediticia, que se está propagando por Europa y el mundo, tuvo comienzo a principios de los años 90 en EEUU. Los salarios se quedaron estancados y estuvieron cayendo en el país durante toda una década. Salieron de la recesión de 1989 a 1991 -causada en parte por una contracción en el mercado de la vivienda- gracias a la extensión masiva del crédito al consumo a millones de norteamericanos. Las tarjetas de crédito, concedidas con facilidad, permitieron a los consumidores adquirir bienes y servicios que estaban por encima de sus posibilidades.

    La cultura de la tarjeta de crédito multiplicó el poder adquisitivo y volvió a poner a trabajar a las empresas y a los trabajadores estadounidenses para producir todos los bienes y servicios que se estaban comprando a crédito. Durante los últimos 17 años, estos consumidores han sido el sostén de la economía global, gracias, en gran medida, a sus compras a crédito. Sin embargo, el precio de hacer recaer el peso de la economía global sobre el endeudamiento cada vez mayor del consumidor ha sido el agotamiento del ahorro de las familias norteamericanas. En 1991, el ahorro de las familias norteamericanas era de un 8%, aproximadamente.En el 2006, el ahorro de los hogares entró en cifras negativas.En la actualidad, la familia media norteamericana gasta más de lo que ingresa. La expresión con que se denomina este fenómeno es renta negativa, una contradicción que supone un fracaso de planteamiento del desarrollo económico.

    Al caer los ahorros, los sectores hipotecario y bancario crearon una segunda línea de crédito artificial, lo que permitió a las familias norteamericanas adquirir viviendas con aportación de muy poco dinero, con unos tipos de interés bajos o inexistentes a corto plazo (las hipotecas subprime), mientras que el vencimiento del principal se aplazaba al futuro. Millones de estadounidenses picaron el anzuelo y compraron viviendas por encima de su capacidad de pago a largo plazo, lo que creó una burbuja inmobiliaria.Aún peor fue que, ante su falta de liquidez, los propietarios utilizaron sus casas como si fueran cajeros automáticos, mediante el recurso a la refinanciación de sus hipotecas (había casos de hasta dos y tres veces) para conseguir el efectivo que necesitaban.Ahora, la burbuja inmobiliaria ha estallado, con lo que millones de norteamericanos han de hacer frente a embargos y los bancos, a la quiebra.

    El resultado de 18 años de haber vivido de un crédito generoso ha convertido a EEUU en una economía que no funciona. El pasivo bruto del sector financiero del país, que representaba el 21% del PIB en 1980, ha crecido a un ritmo ininterrumpido a lo largo de los últimos 27 años y representaba la cifra increíble del 116% del PIB en 2007. Como las comunidades bancarias y financieras de EEUU, Europa y Asia están íntimamente interrelacionadas, la crisis crediticia se ha propagado más allá del país americano y ha anegado la economía global por completo.

    Para empeorar las cosas, la crisis crediticia global se ha visto agravada todavía más durante los últimos dos años por la subida vertiginosa de los precios del petróleo, que alcanzó los 147 dólares por barril en julio de 2008. Esto, a su vez, ha acelerado la inflación, ha frenado el poder adquisitivo de los consumidores, ha desacelerado la producción y ha incrementado el desempleo, causando estragos aún mayores en una economía ya fuertemente endeudada.

    Nos enfrentamos ahora a un fenómeno nuevo. Se llama nivel máximo de globalización y se ha producido en torno a un precio del petróleo de 150 dólares por barril. Más allá de este límite, la inflación erige un cortafuegos al crecimiento económico continuo que hace retroceder la economía global hacia el crecimiento cero. Es solo y exclusivamente la contracción de la economía global lo que hace caer el precio de la energía como consecuencia de un menor empleo de energía.

    El papel del petróleo

    El supuesto esencial de la globalización ha sido que un petróleo abundante y barato permitía a las empresas movilizar capital hacia los mercados con menores costes laborales, donde pueden producirse alimentos y productos a un coste mínimo y con grandes márgenes de beneficios, y posteriormente enviarlos a todo el mundo. Este supuesto básico se ha ido al garete, con consecuencias funestas para el proceso de globalización. Para entender cómo hemos llegado a este punto, necesitamos remontarnos a 1979, cuando el petróleo global per capita alcanzó su nivel máximo, según un estudio de la británica BP. Entonces apareció la expresión producción global máxima de petróleo, referida al momento en el que se agotara la mitad del petróleo del mundo. Los geólogos aseguran que es probable que esto suceda entre los años 2010 y 2035. Haber alcanzado el nivel máximo de petróleo per capita, sin embargo, se debe a que el nivel máximo de globalización se ha producido mucho antes que la producción máxima de petróleo.

    Con posterioridad a 1979, la cantidad de petróleo disponible per capita empezó a reducirse, pese a que desde entonces se han encontrado nuevas reservas de petróleo. Cuando China e India empezaron su espectacular crecimiento económico en los 90, se disparó su demanda de petróleo, superando la oferta. El saldo final es que, con menos petróleo potencialmente disponible, los esfuerzos por hacer partícipe a una tercera parte de la raza humana (la población combinada de China y la India) de un segunda revolución industrial basada en el petróleo han chocado con unas existencias limitadas. Y la presión de la demanda frente a unas reservas limitadas empuja inevitablemente los precios al alza.Cuando el petróleo alcanza los 150 dólares por barril, el efecto de la inflación pasa a ser tan poderoso que actúa como un obstáculo para que continúe el crecimiento económico global.

    El mayor precio de la energía se incorpora a todos los productos.Los alimentos se cultivan con fertilizantes y pesticidas petroquímicos, los plásticos, materiales de construcción y la mayor parte de los productos farmacéuticos y de nuestras ropas se basan en los combustibles fósiles, y lo mismo ocurre con el transporte y la electricidad. Todo el valor adicional que obtenían antes las empresas por trasladar la producción a mercados de bajo coste laboral se ha visto anulado por el mayor coste de la energía a lo largo de toda la cadena de abastecimiento. Eso representa el auténtico punto final de la segunda revolución industrial.

    Además, los efectos del cambio climático están erosionando aún más la economía. Sólo el coste de los daños producidos en EEUU por los huracanes Katrina, Rita, Ike y Gustav ha superado los 175.000 millones de euros. Los desastres naturales han diezmado ecosistemas en todo el globo, arruinando la producción agrícola, las infraestructuras y paralizando la economía global.

    El plan de rescate de cerca de un billón de dólares del Gobierno para salvar la economía estadounidense no será suficiente por sí solo para detener su deterioro e introducirla en un nuevo período de crecimiento económico sostenible. La causa es que la deuda acumulada por la economía del país es monstruosa. Entretanto, los salarios de los norteamericanos han seguido estancados y el desempleo va en aumento.

    La idea de que la recesión actual es a corto plazo y puramente cíclica es una ingenuidad en el mejor de los casos y una falta de sinceridad en el peor. La reservas globales de energía derivada del petróleo, así como las de gas natural y uranio, son demasiado escasas para hacer frente a las expectativas de crecimiento del mundo desarrollado y del de en vías de desarrollo, mientras que el carbón y las arenas bituminosas son excesivamente sucios para su uso. Además, el cambio climático se acelera a una velocidad mucho mayor a la esperada, desestabilizando ecosistemas completos y causando estragos en la actividad económica.

    El mundo necesita un nuevo relato económico potente que saque el debate y las prioridades políticas en torno a la crisis crediticia global, al nivel de producción máxima de petróleo y al cambio climático del ámbito del miedo y los proyecte al de la esperanza, y que los saque de las restricciones económicas y los proyecte a las posibilidades comerciales. Eso sucederá en la medida en que las industrias empiecen a introducir ya las energías renovables, la construcción sostenible, la tecnología de almacenamiento de hidrógeno, las redes de servicios inteligentes y los vehículos que se conectan a enchufes eléctricos. Con ello, estarán echando las bases de una tercera revolución industrial postcarbónica .La pregunta es si seremos capaces de culminar la transición a tiempo para evitar caer en el abismo.

    Jeremy Rifkin es asesor económico de la UE y presidente de la Foundation on Economic Trends, con sede en Washington (EEUU).

    El Mundo 

     

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