De peldaño en peldaño, hasta la intervención total

Agosto es un mes sembrado de minas en los mercados financieros. Con
poco dinero se pueden hacer grandes negocios. Sobre todo en un
escenario tan barroco como el europeo. Si siempre es difícil poner de
acuerdo a todos sus actores, en verano resulta imposible con Merkel
escalando montañas en el Tirol o los Dolomitas, y Hollande encerrado
en el islote mediterráneo de Fort de Bregançon. Hace un año la prima
de riesgo española estuvo sometida a un zarandeo tan insoportable que
para evitar males mayores Zapatero pactó con Rajoy, en una tarde de
agosto y a requerimiento de Trichet (aquel gobernador del BCE que
subía los tipos de interés cuando los países del euro estaban a punto
de entrar en recesión), una reforma constitucional exprés que nos
obliga a no endeudarnos por los siglos de los
siglos.

30-07-2012 – Desde entonces hemos cambiado de
Gobierno, el PSOE logró por méritos propios el peor resultado que haya
conseguido en el vigente periodo constitucional, Rajoy condujo al PP a
su mayor victoria electoral…, y el estado del enfermo sigue empeorando
a pesar de que hemos abrazado por ley la fe del déficit cero. La
confianza que los inversores iban a devolver a nuestra economía por la
sola alternancia en La Moncloa se ha traducido en las últimas semanas en
un encarecimiento de la prima de riesgo por encima de los niveles que
en su día condujeron a Grecia, Portugal e Irlanda a pedir la
intervención.

Y por abominable que a nuestros gobernantes les resulte el
término rescate, estos últimos días se ha producido la paradoja de que
un país rescatado como Irlanda ha vuelto a salir al mercado pagando unos
intereses más bajos que el Reino de España. Menos mal que a última hora
Mario Draghi, denostado por nuestro ministro de Exteriores como
“gobernador clandestino” del BCE, ha disuelto con dos frases la tormenta
que se cernía sobre nuestra deuda: “El BCE hará todo lo necesario para
sostener el euro. Y, créanme, será suficiente”. Bastó para que la prima
de riesgo cediera más de 120 puntos en dos días y para que la Bolsa
mejorara un 10%. No está mal para un clandestino.

En su última cumbre europea (diciembre de 2011, apenas ayer), cuando
ya era el ventrílocuo de Rajoy, Zapatero aún tuvo arrestos para
reivindicarse a sí mismo porque en la larga agonía iniciada en mayo de
2010 había conseguido evitar al menos el baldón del rescate. Y ese debió
ser el primer y único mandamiento de su etapa terminal, puesto que
Elena Salgado, durante la comparecencia en el Congreso para explicar una
nadería como la bancarrota de Bankia (24.000 millones de dinero público
en juego), ha repetido que mientras ella fue ministra de Economía “la
prioridad era que España no fuera rescatada”.

Solo la recuperación del crecimiento puede romper ese círculo que nos ha llevado hasta 5,7 millones de parados

A juzgar por lo ocurrido en estos siete meses de Gobierno popular
—por la fatiga acumulada parece que estemos al término de la
legislatura—, Zapatero ha transmitido a su sucesor idéntica aversión al
rescate junto con la combinación cifrada de la caja fuerte de La
Moncloa. Su homólogo portugués, Pasos Coelho, consolidaría este
principio al narrarle en su entrevista del mes de febrero las torturas a
las que estaba siendo sometido por los “hombres de negro” de la troika
(FMI, BCE y Comisión Europea). Lo que no excluyó que al término de la
visita Rajoy elogiara el durísimo programa de ajuste aprobado por el
país vecino y anticipara algo similar para España.

La cuestión carecería de importancia si se limitara a un debate
nominalista más o menos bizantino. Salvo por algún sainete que no
contribuye precisamente a aumentar el prestigio de nuestros gobernantes,
como aquella memorable rueda de prensa de Rajoy en la que, con 24 horas
de retraso y a punto de volar a Polonia en apoyo de la selección de
fútbol, se empeñó contra toda evidencia en negar que el rescate de la
banca fuera tal, sino un crédito blando de hasta 100.000 millones de
euros conseguido por él sin contrapartidas después de un formidable
debate dialéctico con sus homólogos europeos. A veces da la impresión de
que Rajoy habla en público como si estuviera dirigiéndose a una
parroquia a la que no hubiera llegado Internet. Le cayó un diluvio de
rectificaciones desde toda Europa.

Nada de lo ocurrido desde que se pidió el rescate de la banca difiere
sustancialmente de las cláusulas que la troika ha impuesto a los países
intervenidos. El último y más severo ajuste aprobado hace unos días con
el exclusivo voto del PP está literalmente registrado en el contrato de
salvamento de nuestro sistema financiero, con las correspondientes
subidas de IVA, reducción de sueldos de los funcionarios, etcétera. Tal
vez si la reforma bancaria no se hubiera hecho tarde y mal (“de la peor
manera posible”, según dijo Draghi), el precio podría haber sido menor.

Con todo eso, la eventualidad de una intervención total de la
economía no ha sido conjurada. El último número de The Economist la
pronostica para el otoño y cifra las necesidades de financiación en
350.000 millones de euros, frente a los 300.000 millones que según
Reuters figurarían en un borrador manejado por Schäuble y Guindos,
extremo que ha sido negado enfáticamente por Sáenz de Santamaría. La
economía española gira y gira en un círculo vicioso. El último programa
de ajustes profundizará la recesión prevista para 2013 con la
consiguiente caída de ingresos, mayores dificultades para devolver la
deuda, pérdida de confianza en nuestra solvencia y encarecimiento de la
prima de riesgo. Y así seguiremos cayendo, peldaño a peldaño, hasta la
intervención total.

Por mucho que Draghi encuentre ocasionalmente poderes taumatúrgicos
para enfriar la prima de riesgo, solo la recuperación del crecimiento
puede romper ese círculo que nos ha llevado hasta los 5,7 millones de
parados. Y para ello Rajoy tiene que liderar un gran pacto nacional que
incluya al menos al primer partido de la oposición y a los nacionalistas
vascos y catalanes. Un pacto que sin renunciar al ajuste fiscal aborde
políticas de creación de empleo, que racionalice las Administraciones
públicas sin desmantelar el Estado de las autonomías, que desde un
reparto más equitativo del ajuste rebaje la creciente explosividad
social, que formule una política europea consensuada y movilice las
necesarias alianzas en Bruselas. Es hora de que el Parlamento recupere
su condición de cámara política, entre otras cosas, para articular ese
gran pacto y no limitarse a sancionar con los votos de la mayoría la
batería de decretos leyes que cada viernes aprueba el Gobierno. Algo
funciona rematadamente mal cuando la bancada del PP aplaude el mayor
programa de recortes que se haya presentado nunca en el Congreso y una
de sus diputadas saluda la reforma del subsidio de desempleo con un
sonoro “que se jodan”. No olvide Rajoy que a Papandreu la mayoría
absoluta le duró apenas dos años.

el pais

Rescate total o por
fases